La tienda de antiguedades

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Poco después, el señor Quilp entró y expresó su gran sorpresa por encontrarla en tal estado, cosa que hizo con gran naturalidad y admirable y efecto, pues esa actuación resultaba habitual en él de tanto practicarla y se sentía como pez en el agua.

—Está muy cansada, ¿no lo ve, señora Quilp? —se compadeció el enano bizqueando a su fea manera y dando a entender que su esposa debía seguir su misma táctica—. Su casa queda muy lejos de aquí. Además, se ha asustado al ver pelearse a dos jóvenes gamberros, y tenía miedo del agua. Todo esto ha sido demasiado para ella. ¡Pobre Nell!

Sin quererlo, al dar a su joven visitante una palmadita en la cabeza el señor Quilp empleó el mejor medio para hacerla volver en sí. De haber sido tocada por cualquier otra mano, este contacto probablemente no habría producido un mayor efecto; pero la niña se apartó con brusquedad de aquel remedo de caricia y sintió un deseo tan instintivo de salir huyendo que se levantó al punto y manifestó su deseo de volver a casa inmediatamente.

—Pero es mejor, que esperes y cenes con la señora Quilp y conmigo; —le aconsejó el enano.

—Llevo demasiado tiempo lejos de casa, señor —respondió Nell, secándose los ojos.


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