La tienda de antiguedades

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—Está bien, Nelly —aceptó el señor Quilp—; si has decidido irte, pues no se hable más. Aquí tienes la nota. Sólo dice que no lo veré hasta mañana, o tal vez pasado mañana, y que no podré encargarme hoy de ese pequeño asunto del que me habla. Adiós, Nelly. Y usted, señor, cuide de ella, ¿me oye?

Kit, que había aparecido al oírse llamar, no se dignó a contestar a tan innecesaria recomendación y, tras lanzar a Quilp una mirada amenazadora, creyéndolo la causa de las lagrimas vertidas por Nelly y dispuesto a vengarse en su momento, se giró y siguió a su joven ama, que ya se había despedido de la señora Quilp y se había marchado.

—No eres muy hábil preguntando, ¿verdad, señora Quilp? —dijo el enano, volviéndose hacia ella cuando se quedaron solos.

—¿Qué más podía hacer? —replicó su mujer mansamente.

—¿Que qué más podías hacer? —gruñó Quilp—. ¿No podías haber hecho un poco menos? ¿No podías haber hecho lo que tenías que hacer sin necesidad de fingir lágrimas de cocodrilo, amiguita?

—Es que me da mucha pena la niña, Quilp —se sinceró su esposa—. Creo haber hecho lo suficiente. La he inducido a contar su secreto haciéndola creer que estábamos solas. Y tú, mientras, ahí al lado… Que Dios me perdone.


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