La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Que la has inducido? ¡Vaya, hombre! —exclamó Quilp—. ¿Qué te he dicho de la puerta cuando chirriara? Has tenido suerte de que, por lo que ha dado a entender la niña, hayamos conseguido algún indicio de lo que buscaba, pues, de no haber sido asÃ, te habrÃas enterado de lo que es bueno, te lo aseguro.
La señora Quilp, que estaba plenamente convencida de ello, no contestó. Su marido añadió con cierta exultación:
—Pero puedes dar las gracias a tus afortunados astros, los mismos que te convirtieron en la señora Quilp, puedes agradecerles que me encuentre sobre la pista del viejo, que tenga un nuevo rayo de luz. Asà que no digamos más de este asunto, ni ahora ni en ningún otro momento, y no prepares nada especial para la cena, que no voy a quedarme en casa.