La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Con un gran esfuerzo, cerró los dos batientes de la vieja cancela, que estaba hundida en el barro, y los atrancó con un palo. Hecho lo cual, se despejó la cara del pelo enmarañado y los comprobó. Fuertes y seguros.
—La valla que separa este embarcadero del vecino se franquea fácilmente —dijo el enano después de tomar estas precauciones—. Hay un camino ahí detrás. Ese será el camino que tomaré para huir. Hay que orientarse bien para no perderse por aquí esta noche. No debo temer ninguna visita indeseada mientras dure este tiempo, creo.
Aunque tuvo que avanzar a tientas (la noche se había vuelto muy oscura y la niebla muy densa), consiguió volver a la guarida y, tras meditar un rato junto al fuego, se dispuso a preparar la huida sin más dilación.
Mientras recogía algunos objetos imprescindibles y se los metía en los bolsillos, no dejaba de hablar consigo mismo en voz baja, entre dientes, abundando en el tema que lo tenía obsesionado desde que leyera la nota de la señorita Brass.