La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sà —gruñó el enano—. No. A ti qué te importa. Ya te he dicho lo que tienes que hacer. ¡Ay de ti como no lo hagas o no me obedezcas! ¿Quieres irte ya?
—Ya me voy. Ya me voy. Pero —suplicó su esposa con voz trémula— dime al menos una cosa. ¿Tiene algo que ver esta carta con la querida pequeña Nell? Debo hacerte esta pregunta, Quilp, pues no sabes los dÃas y las noches de angustia que he pasado desde que engañé a la niña. No sé qué daño he podido hacerle con eso, pero, sea grande o pequeño, lo hice por ti, Quilp. Desde entonces, no ha dejado de remorderme la conciencia. Contéstame a eso, por favor.
Exasperado, el enano no le contestó nada, sino que se volvió y agarró su arma preferida con tal vehemencia que Tom Scott sacó de allà a su encomienda a rastras y lo más velozmente que pudo. Y menos mal que lo hizo, pues Quilp, que en aquel momento se asemejaba a un perro rabioso, los persiguió hasta el camino y habrÃa continuado la caza de no ser por la densa niebla que los hizo invisibles, una niebla que parecÃa espesarse por momentos.
—Será una buena noche para huir —comentó mientras volvÃa despacio, jadeando por la carrera—. Cuidado. Conviene extremar la prudencia. Aquà se puede colar cualquiera: