La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Su esposa, que se habÃa apartado para que no la sorprendiera escuchando aquellas palabras susurradas, se aventuró a acercarse de nuevo, y estaba a punto de hablar cuando él se acercó bruscamente a la puerta y llamó a Tom Scott, quien, al recordar la última gentil amonestación, juzgó más prudente presentarse de inmediato.
—¡Llévatela! —le ordenó el enano, metiéndolo en la cabaña de un empujón—. Llévala a la casa. No vuelvas aquà mañana, pues este lugar estará cerrado. No regreses más hasta que vuelvas a oÃr de mà o hasta que vuelvas a verme. ¿Has entendido?
Tom asintió de mala gana y después le hizo a ella un gesto con la cabeza para que saliera.
—En cuanto a ti —agregó el enano, dirigiéndose a ella—, no preguntes por mÃ, no intentes buscarme, no digas nada sobre mÃ. Yo no estaré muerto, querida, y eso te consolará. Este se ocupará de ti.
—Pero Quilp, ¿qué ha pasado? ¿A dónde vas? Dime algo.
—Como no te vayas ahora mismo, diré cosas… —amenazó el enano, cogiéndola del brazo—, diré y haré cosas que más te vale que no diga ni haga nunca.
—¿Es que ha ocurrido algo? —persistió su esposa—. ¡Oh, dime qué ha sido!