La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Lo ahogarÃa —continuó el enano sin hacerle caso—. Es una muerte demasiado fácil, demasiado breve, demasiado rápida. Pero el rÃo está a dos pasos de aquÃ. ¡Ah, si lo tuviera aquà delante! Lo llevarÃa hasta la orilla mimándolo, acariciándolo, cogiéndolo por la solapa, bromeando con él… y, con un empujoncito repentino, lo mandarÃa al fondo del rÃo. Dicen que los que se ahogan salen tres veces a la superficie ¡Ah! ¡Verlo esas tres veces y reÃrme al contemplar su cara flotando! ¡Oh, qué regalo tan magnÃfico serÃa!
—¡Quilp! —tartamudeó su esposa, aventurándose al tiempo a tocarlo por la espalda—. ¿Ha pasado algo malo?
Estaba tan aterrorizada por el regusto con el que Quilp imaginaba aquellas torturas que apenas si consiguió hacerse oÃr.
—¡Cacho perro con sangre de horchata! —exclamó Quilp, frotándose las manos despacio y apretujándolas después—. Creà que su cobardÃa y servilismo eran suficientes garantÃas para que mantuviera la boca cerrada. ¡Ah, Brass, Brass, mi querido amigo, mi afectuoso, fiel, lisonjero y encantador amigo! ¡Si te tuviera aquà delante!