La tienda de antiguedades

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—Bien, despachado este pequeño asunto —declaró el enano—, procedo a leer mi carta. Caramba, esta escritura me es conocida —musitó, mirando la dirección—. ¡Es de la bella Sally!

La abrió y leyó la escritura redonda, legal de la misiva, que decía:

Sammy se ha dejado engatusar y ha revelado el secreto. Todo saldrá a la luz. A usted le convendría quitarse de en medio, pues unos extraños van a ir a buscarlo. Han estado muy tranquilos hasta ahora porque querían pillarlo por sorpresa. No pierda tiempo. Yo no lo he perdido. A mí no me podrán encontrar en ninguna parte. En su lugar, yo actuaría igual. S. B., ex B. M.

Para describir los cambios que acusó la cara de Quilp mientras leía aquella carta (al menos media docena de veces) se necesitaría por lo menos un idioma nuevo; en efecto, nunca se ha escrito, leído ni hablado nada semejante. Quilp permaneció un buen rato sin decir palabra; tras el largo intervalo, durante el cual la señora Quilp había estado paralizada por el terror que le infundía la mirada del enano, se le oyó mascullar algo así:

—Ah, si lo tuviera aquí delante… Si lo tuviera aquí delante…

—¡Oh, Quilp! —exclamó por fin su esposa—. ¿Qué ocurre? ¿Con quién estás enfadado?


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