La tienda de antiguedades

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—¿Creía ella que yo me había muerto? —exclamó Quilp, arrugando la cara en una serie de muecas—. ¿Creía que se iba a quedar con todo el dinero y que podría casarse con alguien que le gustara? ¡Ja, ja! ¿Se lo creía acaso?

Aquellos escarnios no suscitaron ninguna respuesta en la pobre mujercita, que seguía de rodillas calentándose las manos y sollozando, para suma delicia del señor Quilp. Pero, mientras la contemplaba, desternillándose de risa, el enano observó que Tom Scott se divertía también y, como no quería tener ningún compañero que presumiera de participar en su júbilo, al instante lo agarró del cuello, lo arrastró hasta la puerta y, tras una breve refriega, lo echó al patio de una patada. Como respuesta a esta atención personal, Tom se puso inmediatamente a andar cabeza abajo con los pies para arriba junto a la ventana, de manera que, si se permite la expresión, el chico miró al interior con los zapatos (aporreando el cristal con los pies cual duende bocabajo). Como era de esperar, el señor Quilp no tardó en recurrir al infalible atizador, con el que, tras una serie de fintas y floreos, dispensó a su joven amigo una o dos atenciones tan inequívocas que este desapareció al punto y dejó a su amo vencedor absoluto en el campo de batalla.


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