La tienda de antiguedades

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—La han dejado en casa esta tarde —dijo la señora Quilp, temblando—. Un chico que dijo que no sabía de quién procedía, pero al que le dijeron que debía entregarla en mano, pues se trataba de un asunto muy grave. Pero, por favor —agregó mientras su marido alargaba la mano—, por favor, déjame entrar. No imaginas lo mojada que traigo la ropa y el frío que tengo, ni las veces que he me perdido antes de llegar aquí con esta niebla tan espesa. Déjame que me seque al fuego sólo cinco minutos. Me iré enseguida si me lo ordenas, Quilp. Te doy mi palabra.

Su amable marido vaciló unos instantes, pero, pensando que la carta podría exigir una respuesta, de la que ella podría ser la perfecta portadora, cerró la ventana, abrió la puerta y la dejó entrar. La señora Quilp entró al punto y, arrodillándose delante del fuego para calentarse las manos, le entregó un paquetito.

—Me alegro de que estés mojada —espetó Quilp, quitándole la carta de la mano y mirándola con ojos bizcos—. Me alegro de que tengas frío. Me alegro de que te hayas extraviado. Me alegro de que tengas los ojos rojos de tanto llorar. Se me alegra el corazón al ver tu naricita más roja que un tomate y completamente helada.

—¡Ay, Quilp! —sollozó su esposa—. ¡Qué cruel eres!


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