La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Sólo soy yo! —gritó el enano, alargando el cuello para obtener una visión mejor de su visitante—. ¿Qué te trae por aquÃ, mujerzuela? ¿Cómo te atreves a acercarte al castillo del ogro, eh?
—Tengo una noticia que darte —respondió su esposa—. No te enfades conmigo.
—¿Es una buena noticia, una noticia agradable, una noticia para saltar de alegrÃa y chasquear los dedos? —preguntó el enano—. ¿Se ha muerto la vieja señora?
—No sé qué noticia es ni si es buena o mala —repuso su esposa.
—Entonces es que está viva —dedujo Quilp— y no le pasa nada. Vuelve a casa, pájaro de mal agüero, ¡vete a casa!
—¡Te traigo una carta! —gritó la dócil mujercita.
—Pásala por la ventana y vete —ordenó Quilp—, o salgo y te araño.
—No, por favor, Quilp. Escúchame, por favor —insistió la dócil esposa, llorando.
—Habla, pues —gruñó el enano con una mueca maliciosa—. Date prisa y sé breve. Habla ya, ¿quieres?