La tienda de antiguedades

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La niebla, aunque lenta y perezosa, era incisiva y penetrante. Se filtraba a través de los abrigos de pieles y de los chaquetones más recios. Parecía calarles los huesos a los que pasaban encogidos, mordiéndolos y torturándolos. Todo estaba humedecido. Sólo una llama cálida, chispeante, podía desafiarla. Era un día para estar en casa, junto al fuego, contando cuentos de viajeros que habían perdido el rumbo con un tiempo semejante entre brezales y aguas pantanosas; un día, en fin, para permanecer al amor de la lumbre.

Como sabemos, al enano le gustaba disfrutar del fuego cuando estaba de humor alegre y festivo. No insensible al gozo de estar en casa, mandó a Tom Scott atiborrar la pequeña estufa de carbón y, dando por terminada su jornada de trabajo, decidió divertirse un poco.

A este fin, encendió velas nuevas y echó más combustible al fuego. Para la cena tomó un bistec, que preparó él mismo de una manera algo salvaje y caníbal, puso a calentar una escudilla llena de ponche, encendió una pipa y se sentó para disfrutar de la velada.

En aquel momento, un golpecito en la puerta de la cabaña llamó su atención. Al oírlo dos o tres veces, abrió suavemente el ventanuco y, sacando la cabeza, preguntó quién era.

—Sólo soy yo, Quilp —respondió la voz de una mujer.


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