La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como de costumbre, estaba asistido por Tom Scott, quien, agachado junto al fuego a la manera de un sapo, imitaba, cuando su amo le volvía la espalda, sus muecas con asombrosa exactitud. El mascarón de proa seguía en pie en el mismo emplazamiento. La cara, horriblemente quemada por las frecuentes embestidas del atizador al rojo vivo, y últimamente adornada con la inserción, en la punta de la nariz, de un clavo enorme, aún sonreía ligeramente en sus partes menos laceradas y, recordando a un mártir tenaz, parecía provocar en su atormentador la comisión de nuevos desmanes e insultos. En los barrios más altos y elegantes de la ciudad hacía un día desapacible: húmedo, oscuro, frío y sombrío. En aquel lugar bajo y pantanoso, la niebla llenaba cada recoveco de una oscuridad densa, espesa. No se veía nada a un metro de distancia. Las luces y fuegos de señalización del río eran impotentes bajo aquella mortaja atmosférica y, si se ignoraba el frío crudo y penetrante del aire (y, de cuando en cuando, el grito de algún barquero que, posados los remos, se esforzaba por orientarse), parecía que el río estaba a muchos kilómetros de distancia.