La tienda de antiguedades

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Y no era el único que estaba excitado y nervioso. Un cuarto de hora antes de levantarse, toda la casa se hallaba ya en movimiento. Cada cual tenía algo que preparar con vistas al viaje. El caballero soltero, es cierto, tenía poco que hacer él mismo, pero lo supervisaba todo y estaba más activo que nadie. Los preparativos se desarrollaron a tan buen ritmo que al amanecer toda la faena ya estaba terminada. Entonces Kit pensó que ojalá no hubieran tenido tanta prisa, pues el carruaje alquilado para la ocasión no iba a llegar hasta las nueve de la mañana y no había nada más que el desayuno para llenar la hora y media que todavía faltaba. Bueno, no se puede decir que no hubiera nada más. Estaba Bárbara. Bárbara tenía mucho que hacer, pero mejor para él, pues así podría ayudarla y el tiempo pasaría de manera más agradable. Como Bárbara no puso ninguna objeción, Kit, recordando lo ocurrido la noche anterior, pensó que seguramente él le gustaba a Bárbara y que Bárbara le gustaba a él.

Ahora bien, Bárbara, si se ha de decir la verdad, como sin duda conviene y se debe, de todos los de la casa parecía la menos entusiasmada por el viaje; y cuando Kit, abriéndole el corazón, le dijo que aquel viaje le hacía a él mucha ilusión, ella pareció menos entusiasmada todavía que antes.


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