La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Llevas tan poco tiempo en casa, Christopher… —dijo Bárbara, afectando indiferencia—, no llevas casi nada en casa y ya te hace ilusión marcharte otra vez.
—Ah, pero ya sabes para qué es el viaje —replicó Kit—. Es para traer de nuevo a la señorita Nell. Para verla de nuevo. ¡Sólo de pensar en eso! También me hace ilusión que tú la conozcas, Bárbara, por fin.
Bárbara no dijo expresamente que no sentÃa ilusión, pero expresó su sentir tan claramente con un pequeño movimiento de cabeza que Kit se quedó desconcertado y se preguntó, en su ingenuidad, por qué se mostraba tan frÃa.
—Tú misma dirás que tiene la cara más dulce y bonita que se puede ver, estoy convencido —insistió Kit, frotándose las manos—. Estoy seguro de que lo dirás.
Bárbara volvió a menear la cabeza.
—Pero ¿qué te ocurre, Bárbara? —preguntó Kit.
—Nada —respondió Bárbara. E hizo un mohÃn, no malhumorado ni feo, pero lo bastante expresivo para resaltar aún más el color cereza de sus labios.