La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades No hay una escuela en la que un alumno se haya vuelto jamás tan aventajado como aquella en la que Kit le dio a Bárbara un beso. Ahora vio lo que Bárbara querÃa decir. Aprendió la lección enseguida: ella era un libro abierto en el que él leÃa con mucha facilidad.
—Bárbara —dijo Kit—, ¿estás enfadada conmigo?
Oh, no, por favor. ¡Por qué iba a estar Bárbara enfadada! Además, ¿qué derecho tenÃa ella para estar enfadada? ¿Y qué importaba si estaba enfadada o no? ¿Quién se preocupaba por ella?
—Yo me preocupo —le hizo saber Kit—. Por supuesto que me preocupo.
Bárbara no veÃa por qué habÃa dicho «por supuesto».
Kit estaba seguro de que ella sà lo veÃa. ¿Por qué no lo pensaba un poco?
Ciertamente, Bárbara lo pensó un poco. Pero no, no veÃa por qué habÃa dicho «por supuesto». No entendÃa lo que Christopher querÃa decir. Además, estaba segura de que ya la necesitaban en las habitaciones de arriba. DebÃa irse, de verdad.
—No, pero… Bárbara —la llamó Kit, deteniéndola suavemente—. Despidámonos como amigos. Yo siempre he pensado en ti en mis momentos malos. HabrÃa sido mucho más desgraciado si no hubiera sido por ti.