La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Cielo santo, qué guapa estaba Bárbara tan ruborizada y temblorosa como un pajarillo acurrucado!
—Te estoy diciendo la verdad, Bárbara, te doy mi palabra, aunque ni con la mitad de la fuerza con que me gustarÃa decÃrtela —profirió Kit—. Si quiero que te guste ver a la señorita Nell es sólo porque me gustarÃa que a ti te gustara también lo que me gusta a mÃ, nada más. En cuanto a ella, Bárbara, creo que yo podrÃa hasta morir con tal de prestarle servicio; pero tú pensarÃas igual si la conocieras como yo. Estoy seguro.
Bárbara estaba emocionada y lamentaba haberse mostrado indiferente.