La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Yo me he acostumbrado, ya ves —agregó Kit—, a hablar de ella y a pensar en ella como si fuera un ángel. Cuando pienso que voy a verla de nuevo, pienso en que va a sonreÃr como solÃa sonreÃr y a alargar la mano y a decir: «¡Es mi viejo amigo Kit!» o algunas palabras parecidas, como las que me solÃa decir. Pienso en que la veré feliz, con amigos a su alrededor, y tratada como merece y como debe ser. Cuando pienso en mÃ, lo hago como su antiguo criado, como alguien que amó mucho a su amable, bondadosa y gentil ama; y como alguien que correrÃa (sÃ, aún correrÃa) cualquier riesgo para poder servirla. En cierta ocasión en que la vi volver con amigos, no pude evitar tener miedo de que se olvidara de mà o se avergonzara de conocerme a mÃ, un muchacho humilde; tenÃa miedo de que me hablara con frialdad. Eso me habrÃa dolido lo indecible, Bárbara. Pero cuando lo pensé de nuevo, sentà que estaba siendo injusto con ella, y seguÃ, como antes, deseando verla otra vez. Esa esperanza, ese recuerdo han renovado mi deseo de agradarle, de mostrarme ante ella como me gustarÃa mostrarme si siguiera estando a su servicio. Si soy mejor por eso, y no creo que sea peor, le estaré agradecido, y la amaré y honraré todavÃa más. Esa es la pura y desnuda verdad, mi querida Bárbara. Te doy mi palabra de que es asÃ.