La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La pequeña Bárbara, que no era de temperamento antojadizo ni caprichoso, sintió remordimientos y se echó a llorar. Cómo habría podido continuar la conversación es algo que sólo podemos barruntar, no saber a ciencia cierta, ya que en aquel momento se oyeron las ruedas del carruaje, las cuales, seguidas por el sonido de la campanilla en la puerta del jardín, hicieron que el bullicio de la casa, que había decaído en los últimos minutos, se multiplicara en intensidad.
Simultáneamente al coche de caballos, llegó también el señor Chuckster en un tílburi alquilado, con algunos papeles y provisión de dinero para el caballero soltero, a quien entregó todo. Desempeñada esta tarea, pasó a relajarse en el seno de la familia; mientras se regalaba con un desayuno de pie, o peripatético, observaba con altiva indiferencia el proceso del cargamento.
—El esnob forma parte también de la comitiva, ¿no, señor? —preguntó al señor Abel Garland—. Creía que no había realizado el viaje anterior por considerarse que su presencia le resultaría poco grata al viejo carcamal.
—¿A quién? —preguntó el señor Abel.
—Al anciano anticuario —respondió el señor Chuckster un poco cortado.