La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Nuestro cliente desea que lo acompañe en esta ocasión —puntualizó el señor Abel secamente—. Ya no hay necesidad de tal precaución, pues el parentesco de mi padre con un caballero en quien ellos tienen plena confianza será suficiente garantÃa para que todo se desarrolle de manera amistosa.
«¡Ah! —pensó el señor Chuckster, mirando por la ventana—, ¡todo el mundo menos yo! El esnob por delante de mÃ, por supuesto. Parece que al final no robó ese billete de cinco libras, pero no me cabe la menor duda de que anda siempre tramando alguna cosa parecida. Siempre lo dije, mucho antes de que ocurriera eso. ¡Vaya, qué jovencita tan guapa, qué criatura tan asombrosa!».