La tienda de antiguedades

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El viento no dejó de soplar en todo el día. Era una noche clara y estrellada, pero el viento no cesaba y el frío seguía calando los huesos. A veces, al final de una etapa muy larga, Kit deseaba ardientemente que hiciera menos frío. Pero, al detenerse para el relevo de caballos, pudo andar un rato mientras pagaban al viejo postillón, despertaban al nuevo y enganchaban los caballos; entonces notó que tenía la sangre muy caliente (le hormigueaba por todo el cuerpo y le picaba en las puntas de los dedos) y le pareció que de hacer menos frío se habría esfumado la mitad de la dicha y gloria del viaje. Y de un salto se encaramó de nuevo a su silla y se puso a cantar al alegre son de las ruedas lanzadas a gran velocidad. Dejando atrás a los habitantes de la aldea en sus camas bien calientes, prosiguieron el viaje por carreteras solitarias.

Por su parte, los dos caballeros que iban dentro, poco inclinados a dormir, mataban el tiempo conversando. Como los dos estaban nerviosos y expectantes, la conversación giró naturalmente sobre el objeto de su viaje, el desencadenante del mismo y las esperanzas y temores que albergaban. Esperanzas tenían muchas; temores, pocos, tal vez sólo ese indefinible malestar que es inseparable de una esperanza repentinamente suscitada y de una espera aplazada.


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