La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En medio de una pausa, cuando habÃa transcurrido ya la mitad de la noche, el caballero soltero, que paulatinamente se habÃa ido volviendo más silencioso y pensativo, se volvió de repente hacia su compañero y lo interpeló con estas palabras:
—¿Le gusta a usted oÃr historias?
—Como a la mayorÃa de los humanos, supongo —respondió el señor Garland, sonriendo—. Me gustará si me interesa; y si no me interesa, trataré de aparentarlo. ¿Por qué me hace esa pregunta?
—Tengo una pequeña historia que me gustarÃa contarle —respondió su amigo—; probaré su capacidad de aguante. De todos modos, no es muy larga.
Sin esperar respuesta, puso la mano sobre la manga del anciano caballero y empezó su relato:
—HabÃa una vez dos hermanos que se tenÃan mucho cariño. Se llevaban bastantes años: doce. No estoy seguro de si esta era una razón suplementaria por la que se querÃan tanto. Sin embargo, a pesar de la distancia que los separaba, se volvieron rivales muy pronto. El afecto más profundo y fuerte de sus respectivos corazones tenÃa un mismo objeto.