La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades »El niño se parecía a su padre en el espíritu y en el físico; la niña, a su madre, hasta el punto de que, cuando el anciano la tenía sobre las rodillas y contemplaba sus dulces ojos azules, sentía como si hubiera despertado de un extraño sueño y su hija fuera de nuevo niña. El chico, voluble y rebelde, no tardó en abandonar el hogar en busca de compañía más acorde con sus gustos y antojos. El anciano y la niña se quedaron solos.
»Fue entonces cuando el amor a dos personas muertas tan adoradas se volcó por completo sobre aquella criatura tan menuda; cuando su cara, que tenía constantemente delante de él, le recordaba los cambios que había visto demasiado temprano en la otra cara, todos los sufrimientos que había observado y conocido y todo lo que su hija había padecido. Fue entonces cuando el despilfarro y la insensibilidad del joven, en la misma estela del padre, lo dejaron sin dinero, e incluso haciéndole pasar a veces momentos de verdadera privación y angustia; fue entonces cuando su mente empezó a sentirse acosada por un miedo terrible a la pobreza y a la necesidad, no pensando en él, sino en la niña. Era un espectro que lo perseguía y atormentaba noche y día.