La tienda de antiguedades

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Los copos, que caían rápidos y espesos, cubrieron deprisa el suelo con varias capas y llenaron el espacio de una tranquilidad solemne. Las ruedas ya no hacían ruido, y el tableteo y retumbe de los cascos de los caballos se habían convertido en un martilleo sordo, amortiguado. Avanzaban lentamente, envueltos por una especie de silencio mortal.

Cerrando los ojos a la abundante nieve que caía y le helaba las pestañas (oscureciéndole la visión), Kit trataba de captar el primer resplandor de luces vacilantes que pudiera denotar la proximidad de una población. Vislumbraba algo de vez en cuando, pero nada de manera clara. Ahora aparecía ante su vista el esbelto campanario de una iglesia, que se convertía al instante en un árbol, un granero, una sombra en el suelo proyectada por los relucientes faroles del carruaje. Ahora veía personas a caballo o la pie, carruajes que iban delante o que se cruzaban con ellos en tramos estrechos y que, al acercarse, se convertían también en sombras. Un muro, una ruina, un hastial recio que se elevaba en medio de la carretera y que, cuando se topaban con él, se convertía en la carretera misma. También extrañas curvas, puentes y corrientes de agua que parecían insinuarse aquí y allí, haciendo el camino dudoso e incierto; y sin embargo, seguían en la misma carretera desnuda, y todas aquellas cosas se transformaban, una vez pasadas, en meras ilusiones ópticas.


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