La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Había hablado con frecuencia de las dos hermanas, a las que, dijo, consideraba igual que si fueran unas amigas muy queridas. Deseaba que les hicieran saber lo mucho que había pensado en ellas, cómo las había observado mientras paseaban al anochecer a la orilla del río. Asimismo, había dicho a menudo que le gustaría ver al pobre Kit, o al menos que alguien le transmitiera el gran afecto que le tenía; e, incluso en aquellos momentos, sólo pensaba en él o hablaba de él con la sonrisa límpida, alegre, de antes.
Por lo demás, nunca murmuró ni se quejó de nada, y, con el espíritu sosegado y sin ningún cambio aparente —salvo que cada día se volvía un poco más seria y más agradecida—, se fue apagando como se apaga la luz una tarde de verano.