La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Hasta aquel momento, el anciano no había hablado ni una sola vez, salvo para dirigirse a ella, ni se había movido de la cabecera de la cama. Pero, cuando vio al amigo preferido de su nieta, se emocionó —como no lo habían visto nunca antes— y le hizo una señal para que se acercara. Entonces, señalando la cama, rompió a llorar por primera vez, y los que estaban allí presentes, viendo que la compañía de aquel niño le hacía bien, los dejaron solos. El niño lo calmó con sus palabras tiernas sobre ella y lo convenció para que descansara un poco y saliera a dar un paseo; parecía como si consiguiera de él todo lo que quería.
Y cuando llegó el día en que Nell debía sustraerse para siempre a los ojos mortales en su forma terrenal, el niño se llevó al anciano para que no supiera cuándo se la quitaban.
Había que coger hojas y bayas frescas para su cama. Era una tarde de domingo radiante, clara, ventosa, y mientras atravesaban la calle del pueblo, los transeúntes se retiraban para dejarles pasar mientras los saludaban amigablemente. Unos estrechaban afectuosamente la mano del anciano, otros se descubrían la cabeza al verlo pasar con su paso vacilante y muchos gritaban a su paso: «¡Que Dios lo asista!».