La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Vecina! —exclamó el anciano, deteniéndose en la casa en la que vivÃa la madre de su pequeño guÃa—, ¿cómo es que casi toda la gente va hoy vestida de negro? No he visto a nadie que no llevara un brazalete de luto o un trozo de crespón.
No sabÃa qué decirle, le respondió la mujer.
—¡Cómo que no, si usted misma va vestida del mismo color! —insistió—. Las ventanas están cerradas, y nunca antes habÃan estado cerradas de dÃa. ¿Qué significa eso?
De nuevo, la mujer contestó que no sabÃa qué decirle.
—Debemos volver —dijo el anciano con premura—. Debemos saber a qué se debe esto.
—¡No, no! —exclamó el niño, deteniéndolo—. Recuerde lo que me ha prometido: debemos ir a ese sendero verde adonde ella me llevaba tan a menudo, y donde usted nos vio más de una vez haciendo guirnaldas para su jardÃn. ¡No volvamos, por favor!
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó el anciano—. DÃmelo.
—¿No lo sabe? —respondió el niño—. ¿Es que no recuerda que la acabamos de dejar?
—Cierto, cierto. La acabamos de dejar, ¿no?