La tienda de antiguedades

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Se llevó la mano a la frente, miró con gesto abstraído a su alrededor y, como impelido por un pensamiento repentino, atravesó la carretera y entró en casa del sepulturero. Este se hallaba sentado, acompañado de su ayudante sordo, junto a la chimenea. Los dos se levantaron al ver quién era.

El niño les hizo una señal rápida con la mano. Aquel gesto repentino, más la mirada del anciano, bastaron.

—¿Entierra a alguien hoy? —preguntó el anciano con impaciencia.

—¡No, no! ¿A quién íbamos a enterrar, señor? —expresó el sepulturero.

—Claro, a quién, en efecto. Yo digo lo mismo que usted: ¿a quién?

—Hoy tenemos vacación, amable caballero —respondió el sepulturero con tono afable—. Hoy no tenemos trabajo.

—Bien, entonces iré a donde quieras —resolvió el anciano, volviéndose hacia el niño—. ¿Estás seguro de lo que me dices? ¿No me engañas? He cambiado mucho desde la última vez que me viste, aunque hace poco de eso.

—Siga su camino con él, señor —le aconsejó el sepulturero—, y que el cielo los proteja a los dos.

—Estoy listo —dijo el anciano mansamente—. Vamos, pequeño, vamos —y se dejó conducir.


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