La tienda de antiguedades

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Y ahora, la campana, esa campana que ella había oído tan a menudo, de noche y de día, y escuchado con solemne placer casi como si fuera una voz viva, dio su toque inexorable… por ella, tan joven, tan bella, tan buena. Ancianos decrépitos, adultos vigorosos, jóvenes floridos, pequeños desvalidos, todos acudieron en masa —con muletas, con el orgullo de la fuerza y de la salud, en la flor de las promesas futuras, en la mera aurora de la vida—, para reunirse alrededor de su tumba. Allí había ancianos con los ojos embotados y los sentidos debilitados, abuelas que podían haber muerto hacía diez años y seguían siendo viejas, sordos, ciegos, cojos, paralíticos, muertos vivientes de todo tipo y aspecto, para ver cerrarse aquella tumba tan temprana. ¡Qué era esa muerte que la tumba iba a encerrar frente a la que aún se arrastraba por encima!

La llevaron por una calle abarrotada de gente, más pura que la nieve recién caída que la cubría (y, como ella, efímera también sobre la tierra). Pasaron bajo el porche, donde ella había estado sentada cuando el cielo, en su merced, la llevó a aquel lugar pacífico, y la vetusta iglesia la recibió bajo su sombra silenciosa.




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