La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La llevaron a un viejo rincón, donde ella se había sentado muchas veces a reflexionar, y posaron la carga suavemente en el suelo. La luz se filtraba a través de la vidriera, una vidriera que las ramas de los árboles acariciaban en verano y donde las aves cantaban dulcemente todo el día. Con cada soplo de aire que agitara las ramas al sol, algo de aquella luz temblorosa, cambiante, caería sobre su tumba.
Vuelva la tierra a la tierra, la ceniza a la ceniza, el polvo al polvo. Muchas manos jóvenes depositaron una pequeña corona mientras se oía más de un sollozo ahogado. Algunos —y no fueron pocos— se arrodillaron. Todos eran sinceros, verdaderos, en su dolor.