La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Terminada la ceremonia, los más íntimos se quedaron en un rincón y los lugareños se congregaron alrededor de la tumba antes de que se colocara la lápida. Uno recordó cómo la había visto sentada en aquel mismo lugar con un libro en el regazo mirando al cielo con aire pensativo. Otro expresó su asombro de que una persona tan delicada como ella hubiera podido ser tan atrevida: no había tenido nunca miedo de entrar sola en la iglesia de noche e incluso parecía que le gustaba pasearse por su interior cuando reinaba el más completo silencio y subir al campanario sin más luz que la de los rayos de luna filtrados por las troneras del viejo muro. Entre los más viejos circuló el rumor de que la habían visto hablando con los ángeles; y, recordando su aspecto, el tono de su voz y su temprana muerte, algunos concluyeron que debía de ser cierto. La gente se iba acercando a la fosa en pequeños grupos para mirar dentro, luego dejaba sitio a otros y se alejaba con gran recogimiento; así, la iglesia se fue despejando poco a poco, y al final sólo quedaron el sepulturero y los más allegados.