La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Ya era tarde cuando el anciano volvió a casa. El niño había conseguido llevárselo a su casa con algún pretexto. El anciano, agotado por el largo paseo y la falta de descanso de los últimos días, cayó profundamente dormido junto a la chimenea. Tuvieron mucho cuidado para no despertarlo. Durmió mucho tiempo, y cuando al final despertó, la luna aún seguía brillando.
El hermano más joven, inquieto a causa de tan prolongada ausencia, estuvo esperando su llegada a la puerta hasta que, al final, apareció en el camino de entrada acompañado por su pequeño guía. Avanzó a su encuentro y, ofreciéndole cariñosamente el brazo para que se apoyara en él, lo condujo con pasos lentos y temblorosos hasta la casa.
El anciano se dirigió inmediatamente a la habitación de Nell. Al no hallar ahí a la pequeña, volvió, con la mirada temerosa, a la habitación en la que habían estado reunidos. De allí se fue rápidamente a la casa del maestro, gritando el nombre de la niña. Sus amigos permanecieron a su lado mientras buscaba en vano y después se lo llevaron de nuevo a casa.