La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Barajaron la posibilidad de retirarlo de la escena del último y supremo dolor para ver si el cambio de lugar lo despertaba o alegraba un poco. Su hermano buscó el consejo de médicos expertos en la materia, y algunos se desplazaron para verlo: conversaban con él cuando lo veían dispuesto a conversar y lo observaban mientras paseaba solo y en silencio. Pero lo llevaran a donde lo llevaran, concluyeron, siempre trataría de volver allí para seguir buscándola. Su mente estaría siempre adherida a aquel lugar. Podrían mantenerlo encerrado, vigilado, prisionero incluso, pero en cuanto tuviera algún medio de escapar, volvería con toda seguridad a aquel lugar, si no moría por el camino.
El niño a quien había obedecido al principio ya no ejercía ningún influjo sobre él. A veces le permitía caminar a su lado e incluso se paraba para darle la mano o besarlo o acariciarle la cabeza; pero en otras ocasiones le pedía —pero nunca de manera descortés— que se fuera, pues quería estar solo. Con todo, ya estuviera solo, con aquel pequeño amigo, incluso con los que le habrían dado, a costa de lo que fuera, un poco de consuelo o paz de espíritu —si finalmente hubieran encontrado la manera de hacerlo—, en ningún momento mostraba el menor interés por la vida; era, en una palabra, un hombre con el corazón destrozado.