La tienda de antiguedades

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La verdad es —y, como sobre gustos no hay nada escrito, también este gusto extraño puede registrarse sin considerarlo un invento maliciosamente premeditado—, la verdad es que ni la señora Wackles ni su hija mayor en ningún momento habían favorecido particularmente las pretensiones del señor Swiveller, como demuestra el hecho de que se refirieran a él con la liviana expresión de «el alegre caballerito» y suspiraran y sacudieran la cabeza ominosamente cuando se mencionaba su nombre. Y como la conducta del señor Swiveller con la señorita Sophy había sido de ese género vago y dilatorio que no suele denotar una clara intención matrimonial, la joven había empezado, desde hacía cierto tiempo, a considerar altamente deseable que se llegase a una decisión al respecto uno de esos días. De ahí que hubiera consentido enfrentar a Richard Swiveller con un maduro jardinero que estaba dispuesto a presentarse como candidato a la menor indicación; y, como esta ocasión había sido especialmente consagrada a dicho fin, se entenderá fácilmente el especial interés por la presencia de Richard Swiveller. No era otro el motivo que la había empujado a dejarle en su casa la nota antes mencionada. «Si tiene alguna esperanza o medio de mantener debidamente a una esposa —había dicho la señora Wackles a su hija mayor—, que nos lo diga ahora o nunca». «Si realmente le intereso —pensó la señorita Sophy—, debe hacérmelo saber esta noche».


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