La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero como estos dichos, hechos y pensamientos eran desconocidos para el señor Swiveller, no le afectaron lo más mÃnimo. Él se hallaba cavilando sobre la mejor manera de ponerse celoso y haciendo votos para que Sophy estuviera en esta ocasión mucho menos guapa de lo que en realidad era, o que fuera su propia hermana, lo que habrÃa servido a sus planes igual de bien, cuando llegaron los invitados, entre ellos el jardinero, que se llamaba Cheggs. Pero el señor Cheggs no llegó solo o sin apoyo, pues prudentemente se habÃa hecho acompañar de su hermana, la señorita Cheggs, quien rápidamente se lanzó al encuentro de la señorita Sophy y, cogiéndola por las dos manos y besándola en ambos carrillos, expresó con un susurro audible su preocupación por haber llegado tal vez demasiado pronto.
—¡Demasiado pronto…, oh, no! —replicó la señorita Sophy.
—Ay, querida —repuso la señorita Cheggs en el mismo tono susurrado—. He estado tan atormentada, tan preocupada, que es una gracia del cielo que no nos hayamos presentado a las cuatro de la tarde. ¡Alick estaba tan impaciente por venir! ImagÃnate que ya se habÃa vestido antes de comer y no ha dejado de mirar el reloj y meter prisa. Todo por tu culpa, so bruja.