La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ah, vecino, qué capullo tan fresco, floreciente, modesto! —exclamó Quilp, acariciándose una de sus cortas piernas y guiñando los ojos repetidas veces—. Ah, la pequeña Nell, tan mofletuda, rosada, exquisita…
El anciano contestó con una sonrisa forzada, luchando en su interior con un sentimiento de viva y atormentada impaciencia. Lo cual no le pasó inadvertido a Quilp, que parecÃa complacido en torturarlo, a falta de otra persona.
—Es tan… —prosiguió Quilp, hablando muy despacio y fingiendo estar completamente absorto— tan pequeña, tan compacta, tan bellamente modelada, tan hermosa, de venas tan azules y piel tan transparente, de pies tan pequeños y modales tan atractivos… Pero ¡que Dios me perdone, usted está muy nervioso! ¿Por qué vecino, qué le ocurre? Le juro —continuó el enano, bajándose de la silla y sentándose con una lentitud estudiada muy distinta a la rapidez con la que se habÃa encaramado antes sin ser notado—, le juro que no tenÃa la menor idea de que la sangre vieja corriera tan deprisa o se mantuviera tan caliente. CreÃa que era inerte en su curso y frÃa, completamente frÃa. Estoy bastante seguro de que deberÃa ser asÃ. La suya debe de estar estropeada, vecino.