La tienda de antiguedades

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La niña exhaló un grito reprimido al ver tan simpática figura. Ante tan sorprendente visión, tanto el anciano como ella, sin saber qué decir y dudando de lo que veían sus ojos, mostraron cierto retraimiento. Pero Daniel Quilp, en absoluto desconcertado por este recibimiento, mantuvo la misma postura, asintiendo dos o tres veces con condescendencia. Por fin, el anciano lo interpeló para saber cómo había llegado hasta allí.

—Por la puerta —contestó Quilp, señalando con el pulgar por encima del hombro—. No soy tan pequeño como para introducirme por la cerradura. Ojalá pudiera. Quiero charlar con usted, en particular y en privado. Sin que nadie más esté presente, vecino. Adiós, pequeña Nelly.

Nell miró al anciano, que asintió y la besó en la mejilla.

—¡Oh! —exclamó el enano dando varios besos al aire—. ¡Qué beso tan bonito, justo en la zona sonrosada! ¡Qué beso tan excelente!

Esta observación hizo que Nell saliera más deprisa todavía. Quilp la siguió con una mirada de admiración; cuando la puerta se cerró, felicitó al anciano por los encantos de la nieta.


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