La tienda de antiguedades

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Estas no eran palabras para ser escuchadas por otros oídos, ni esta era una escena para ser presenciada por otros ojos. Y, sin embargo, otros oídos y ojos estaban allí, absorbiendo ávidamente cuanto se decía y sucedía: eran, ni más ni menos, los oídos y ojos del señor Quilp, que, habiendo entrado sin ser visto en el preciso momento en que la niña acudía al lado del anciano, se abstuvo —actuando, a buen seguro, movido por la más pura delicadeza— de interrumpir la conversación y presenció la escena esbozando su sonrisita acostumbrada. Sin embargo, como permanecer de pie le resultaba fatigoso a un caballero cansado de caminar, y como el enano era de ese tipo de personas que se siente por doquier como en casa propia, enseguida vio una silla y, con inusual agilidad, se sentó sobre el respaldo con los pies sobre el asiento, de modo que así podía ver y oír con mayor comodidad y satisfacer ese gusto por lo estrambótico y simiesco de que hacía gala con tanta frecuencia. Y así permaneció sentado, con una pierna encima de la otra, la barbilla en la palma de una mano, la cabeza vuelta un poco de lado y la cara atravesada por una mueca complacida. Y en esa postura el anciano, que en cierto momento miró en aquella dirección, lo descubrió para su descomunal asombro.




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