La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Seamos mendigos! —repitió la niña rodeándole el cuello con un brazo—. No tengo miedo de no encontrar de qué vivir, estoy segura de que lo encontraremos. Cruzaremos los pueblos y dormiremos en los campos, debajo de un árbol, y no pensaremos nunca más en el dinero ni en cualquier otra cosa que lo ponga triste; pero descansaremos por la noche y el sol y el viento nos acariciarán la cara de dÃa y daremos gracias a Dios en buena compañÃa. Nunca pondremos, el pie en habitaciones oscuras ni en casas melancólicas, no, nunca más; caminaremos por donde nos guste y, cuando estemos cansados, usted se parará a descansar en el lugar más agradable que encontremos y yo iré a pedir limosna por los dos.
Sus sollozos le ahogaron la voz mientras escondÃa la cabeza en el cuello del anciano. No lloraba sola.