La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Querido abuelo —articuló la joven con tanta energÃa que se le arreboló el rostro, pero con voz temblorosa y gesto desapasionado—, no es una niñada lo que pienso, pero, si lo fuera, hágame caso y seamos mendigos o trabajemos en caminos o en el campo para ganar un poco de dinero con que ir tirando, y asà no tendremos que vivir como estamos viviendo ahora.
—¡Nelly! —apostrofó el anciano.
—SÃ, sÃ, serÃa mejor que vivir como estamos viviendo ahora —reiteró la niña muy seria—. Si está triste, dÃgame por qué y asà estaré triste yo también. Si se está consumiendo y se vuelve más pálido y más débil dÃa tras dÃa, deje que sea su enfermera y trate de consolarlo. Si es pobre, seamos pobres juntos. Pero déjeme estar con usted, déjeme estar con usted. No quiero verlo tan cambiado sin saber la razón, pues se me partirá el corazón y me moriré. Abuelito querido, dejemos este lugar tan triste mañana mismo y vayamos a pedir limosna de puerta en puerta.
El anciano se tapó la cara con las manos y la ocultó en el cojÃn del sofá en el que estaba recostado.