La tienda de antiguedades

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—Cierto —asintió el anciano con voz débil—. Cierto, pero dímelo otra vez, Nell. La cabeza me falla. ¿Qué fue lo que te dijo? ¿Sólo que me vería mañana, o al día siguiente? Eso es lo que decía la nota.

—Nada más —convino la niña—. ¿Quiere que vaya mañana otra vez, abuelito? Mañana temprano iré y estaré de vuelta antes del desayuno.

El anciano sacudió la cabeza y, suspirando lúgubremente, la atrajo hacia él.

—No serviría de nada, corazón, absolutamente de nada. Pero si me abandona en este momento, Nell…, si me abandona ahora cuando, con su ayuda, podría verme recompensado por todo el tiempo y dinero perdidos y por toda la angustia padecida que me ha reducido al estado en que me ves, estaré arruinado y, peor, mucho peor que eso, te habré arruinado a ti, por quien lo había arriesgado todo. Si nos vemos obligados a mendigar…

—¿Y eso qué importaría? —exclamó la niña con atrevimiento—. Seamos mendigos… y seremos felices.

—¡Mendigos y felices! —exclamó a su vez el anciano—. ¡Pobre niña!


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