La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando llegaba la noche de este modo (y raras veces antes), la niña cerraba la ventana y bajaba suavemente las escaleras pensando que, si salía a su encuentro una de esas horribles caras de la tienda que a menudo se mezclaban con sus sueños, haciéndose visible mediante alguna extraña luz propia, se llevaría un susto tremebundo. Pero estos temores desaparecían ante la apacible luz de la lámpara y la familiaridad de su cuarto. Después de rezar fervorosamente y llorar a lágrima viva por el anciano, y una vez restauradas la paz de espíritu y la felicidad que habían disfrutado en otro tiempo, reposaba la cabeza sobre la almohada y, se dormía entre leves sollozos. Pero con frecuencia se despertaba de nuevo antes de amanecer con el oído atento al timbre y a la llamada imaginaria que la había sacado de su sueño.
Una noche, la tercera después de la entrevista de Nelly con la señora Quilp, el anciano, que se había sentido débil y delicado todo el día, anunció que no saldría aquella noche. Los ojos de la niña brillaron ante el anuncio, pero su alegría se apagó al ver su rostro ajado y enfermo.
—Dos días —exclamó el anciano—. Han pasado dos días enteros y aún sin noticias suyas. ¿Qué fue lo que te dijo exactamente?
—Nada más que lo que le dije, abuelito.