La tienda de antiguedades

La tienda de antiguedades

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Nell se aposentaba, pues, en el crepúsculo a contemplar a la gente de la calle o a la que se asomaba a las ventanas de las casas de enfrente, preguntándose si sus habitaciones serían tan solitarias como las suyas y si esas personas se sentirían acompañadas al verla sentada allí, igual que ella se sentía acompañada al verlas asomarse y meter la cabeza de nuevo. En un tejado había un confuso montón de chimeneas que contemplaba a menudo y le parecían caras feas que la miraban ceñudamente tratando de espiar el interior de su habitación. Nell se alegraba cuando ya era demasiado tarde para distinguirlas, pero luego se entristecía cuando el sereno encendía las farolas de la calle, pues eso significaba que ya era tarde y la oscuridad sería mayor en la casa. Entonces volvía la cabeza para contemplar la habitación y comprobar que todo estaba en su sitio (y nada se había movido); y, asomándose a la calle de nuevo, tal vez veía pasar a un hombre con un ataúd al hombro y dos o tres personas detrás en silencio dirigiéndose a la casa del muerto, y esto la hacía estremecerse y recordaba la cara y los gestos cambiados del anciano, lo que añadía una nueva serie de temores y especulaciones: Si él se moría, si le sobrevenía alguna enfermedad repentina, si no regresaba con vida a casa; si volvía una noche, y la besaba y bendecía como de costumbre, y ella se iba a la cama y se quedaba dormida con un sueño plácido y alegre, y él se quitaba la vida y su sangre se derramaba hasta la puerta de su dormitorio, hasta los pies de su cama… Estos pensamientos eran demasiado terribles para detenerse en ellos, y entonces volvía a contemplar la calle, apenas transitada en esa hora y más oscura y silenciosa. Las tiendas se cerraban con prisa y las luces se encendían en las habitaciones superiores conforme los vecinos iban acostándose. De manera gradual, las luces se apagaban o eran sustituidas por una débil lamparilla de aceite que ardía toda la noche. Todavía quedaba, no muy lejos, una tienda que se resistía a cerrar y proyectaba un rojizo resplandor sobre la acera, prestándole un aspecto festivo y alegre. Pero, al poco tiempo, esta también cerraba, la luz se extinguía y todo parecía triste y silencioso, salvo cuando unos pasos resonaban en la acera o un vecino, retrasándose más de la cuenta, llamaba enérgicamente a la puerta de su casa despertando a los que ya dormían.


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