La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En la mente del anciano, Nell seguía siendo la misma. Cuando, en algún momento, apartaba su pensamiento del fantasma que lo acosaba y obsesionaba, ahí estaba la niña sonriéndole, con las mismas palabras serias, la misma risa alegre, el mismo amor y solicitud que, tocándole profundamente el alma, parecían haber estado presentes toda su vida. Y así seguía viviendo, contento de leer el libro del corazón de Nell desde la primera página (sin reparar en la historia oculta en las otras páginas), murmurando que, al menos, la niña era feliz.
Lo había sido en otro tiempo cuando recorría cantando las oscuras estancias y se deslizaba con alegres y ágiles pasos entre sus polvorientos tesoros, haciéndolos más viejos con su joven vida y más negros y tétricos con su presencia alegre y jovial. Pero ahora las habitaciones eran frías y lúgubres, y cuando la niña abandonaba su cuartito para pasar muchas horas sentada en otra estancia, permanecía callada, inmóvil, como aquellos huéspedes inanimados, sin voluntad para despertar con su voz los ecos enronquecidos del largo silencio.
En aquella estancia había una ventana que daba a la calle, donde la niña se sentaba muchas tardes hasta entrada la noche, sola y pensativa. Nadie siente más angustia que quien vigila y espera, y en estas ocasiones las lúgubres fantasías acudían a su espíritu en tropel, en multitudes.