La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pues lo que había hecho que Nell rompiera a llorar no eran los días monótonos privados de compañía alegre o agradable; no eran las oscuras y sombrías tardes ni las largas y solitarias noches; no era la ausencia de los sencillos placeres que hacen palpitar un corazón joven ni no conocer de la infancia más que la debilidad y la viva sensibilidad. Ver al anciano agobiado por algún pesar oculto, observar su estado de agitación constante, abrigar a veces el horrible temor de que pudiera perder el juicio (y detectar en sus palabras y miradas el inicio de una triste locura); vigilar, esperar y escuchar la confirmación de estas cosas día tras día, y sentir y conocer que, ocurriera lo que ocurriera, los dos estaban solos en el mundo sin nadie que les ayudara, aconsejara o cuidara…, estas causas de abatimiento y angustia podrían haber tenido graves efectos en un ánimo más maduro con múltiples ocasiones para alegrarlo y contentarlo. Pero ¡cómo pesaban en el ánimo de una jovencita que las tenía siempre presentes y estaba rodeada de tales pensamientos mantenidos en constante fermento!