La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ya —convino Kit—, no habÃa tenido eso en cuenta. He dicho mala suerte porque he estado desde las ocho de la tarde mirando la ventana sin ver ni rastro de ella.
—Me pregunto qué dirÃa ella —observó la madre, e hizo una pausa en su labor y miró alrededor— si supiera que todas las noches, cuando, pobrecita, se sienta sola a la ventana, tú estás vigilando en medio de la calle por si le pasa algo malo, y nunca dejas tu puesto ni te vas a la cama por muy cansado que estés hasta que no crees que ella se ha acostado.
—No me importa lo que pudiera decir —replicó Kit, con su tosca cara repentinamente colorada—. Ella nunca sabrá nada y, por tanto, nunca dirá nada.
La señora Nubbles siguió planchando un rato más en silencio. Al acercarse al fuego para coger otra plancha, miró furtivamente a Kit mientras la frotaba sobre una tabla y la desempolvaba con un paño, pero no dijo nada hasta que volvió a la mesa. Entonces, con la plancha a una distancia del cuello alarmantemente corta —para comprobar la temperatura— y mirando alrededor con una sonrisa, manifestó:
—Yo sà sé lo que dirÃan algunas personas, Kit.
—TonterÃas —interrumpió Kit presintiendo lo que iba a seguir.