La tienda de antiguedades

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—¡Madre querida! —articuló Kit abriendo su navaja al asalto de un pedazo de pan y de carne que esta le había preparado horas antes—, ¡qué buena eres! No hay muchas como tú, eso seguro.

—Espero que haya bastantes mucho mejores, Kit —replicó la señora Nubbles—, y las hay, o debería haberlas, según lo que dice el ministro en la iglesia.

—¡Qué sabrá él de eso! —replicó Kit con desdén—. Espera a que sea viudo y trabaje como tú, y consiga tan poco trabajando tanto, a ver si conserva el buen ánimo igual que tú. Entonces le preguntaré qué hora es y confiaré en su respuesta hasta en los minutos y segundos.

—Ah, mira, Kit —dijo la señora Nubbles cambiando de conversación—, ahí tienes la cerveza, junto al guardafuego.

—Ya la veo —asintió el hijo cogiendo la jarra—. Brindo por ti, madre, y por la salud del ministro también, si eso te gusta. Yo no tengo nada contra él.

—Me has dicho que tu amo no ha salido esta noche, ¿no? —preguntó la señora Nubbles.

—Eso es —respondió Kit—. Mala suerte.

—Deberías decir buena suerte, pienso yo —replicó la madre—, pues así la señorita Nelly no se ha quedado sola.


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