La tienda de antiguedades

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La habitación en la que se sentó Kit inmerso en estos pensamientos era sumamente modesta, pobre incluso, pero con ese aspecto de comodidad que (a no ser que el lugar sea realmente miserable) casi siempre prestan la limpieza y el orden. A pesar de la hora tardía que mostraba el reloj de pared, la pobre mujer seguía trabajando afanosamente con ropa para planchar. Un niño pequeño dormía en una cuna junto al fuego y, completamente despierto, otro niño regordete de dos o tres años, con un gorro de dormir muy apretado a la cabeza y un camisón demasiado pequeño para él, estaba sentado completamente erguido en un cesto de la ropa mirando por encima del borde con sus grandes ojos redondos, como decidido a no dormir en toda la noche. Lo cual, como el niño ya había renunciado a su descanso habitual (y había sido sacado de la cama en consecuencia), favorecía las posibilidades de una alegre velada familiar. Era una familia muy curiosa: Kit, su madre y los niños se parecían mucho.

Kit venía predispuesto al enfado, como le puede pasar a cualquiera; pero miró al niño más pequeño que dormía profundamente, luego al hermano del cesto de la ropa y de este pasó a mirar a la madre, que llevaba trabajando sin quejarse desde la mañana, y juzgó más oportuno, y más amable por su parte, mostrarse de buen humor. Así, empezó a mecer la cuna con un pie y le hizo una mueca al rebelde del cesto. Esto le hizo cambiar de humor y ponerse a hablar y parecer agradable.


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