La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Sin relajar la marcha ni detenerse para tomar aliento, este misterioso individuo enfiló una serie de callejones y caminos estrechos hasta llegar a un patio pavimentado, donde redujo el paso para acercarse a una casita de cuya ventana salía una luz. Levantó el pestillo de la puerta y entró.
—¡Que Dios me bendiga! —exclamó una mujer volviéndose repentinamente—. ¿Quién es? ¡Ah, eres tú, Kit!
—Sí, madre, soy yo.
—¿Por qué…? ¡Qué cansado pareces, hijo mío!
—El viejo amo no ha salido de casa esta noche —le informó Kit—. Por eso ella no se ha asomado a la ventana —dicho lo cual, se sentó junto a la chimenea y se quedó mirando el fuego con aire descontento y triste.