La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Ya se ha observado que este personaje no sentía cansancio en el rincón donde se ocultaba. Pero, en esta ocasión, a medida que pasaba el tiempo fue manifestando cierta inquietud y sorpresa, mirando el reloj, con frecuencia y la ventana con cada vez menos esperanza. Después, unos postigos envidiosos le privaron de la visión del reloj y más adelante los campanarios de la iglesia dieron las once de la noche, y más tarde las once y cuarto… hasta que se abrió paso en su mente la convicción de que no serviría de nada demorarse más tiempo.
Que esta convicción le resultaba dolorosa, y en modo alguno deseaba plegarse a ella, quedó sobradamente probado por su renuencia a abandonar el lugar, así como por los pasos lentos con los que se fue alejando, mirando por encima del hombro en dirección a la misma ventana y volviendo precipitadamente al lugar cuando un ruido imaginado, o la cambiante e imperfecta luz, lo inducían a suponer que la ventana se había abierto ligeramente. Finalmente, perdió toda esperanza por aquella noche y echó de repente a correr, como obligándose a sí mismo a alejarse y no mirar atrás para no caer en la tentación de volver.